La autora, profesora en Artes Visuales, usa en esta ocasión el texto como material para hacer una serie de retratos de distintas personas que ya no están en su vida.
Por Sabryna Cortez
—Darío me pidió que se la chupara y lo hice —dijo Nicolás y escandalizó la poca inocencia que quedaba en 8° A.
Él había descubierto su identidad tan joven que cuando a sus 8, vestido de jeans blancos, les dijo a todos que tenía estilo, la seño llamó a la mamá para indicarle que algo no andaba muy bien.
Cuando Darío lo ignoró en el recreo ese día, Nicolás antes de ofenderse le dijo:
—Yo seré puto, pero no lo reprimo. Qué mal la vas a pasar en la vida, querido.
Soñaba con volar tocando la trompeta.
Se sentaba en una silla en el garaje con las piernas apoyadas en una mesa alta para estar cómodo.
Durante algunos minutos, soplaba indecorosamente por la boquilla y los sonidos retumbaban en las paredes. Entonces, cuando creía que los labios se habían acostumbrado a la dureza del instrumento y estaban lo suficientemente hidratados, solo entonces, las melodías salían de sus dedos, se encaramaban por la puerta del garaje y salían para donde iba el viento.
Si tenía suerte, volaban al sur y llegaba a escucharlos desde su ventana, pese a la distancia.
Una vez a la semana cuando ella iba a natación, ingresaba al cibercafé que estaba en Sarmiento y el Boulevard, justo enfrente del complejo deportivo. Sacaba su tarjeta de identificación del ciber que era lo más tecnológico que conocía, pagaba los 2 pesos que le permitían navegar 15 minutos y se sentaba en la misma computadora todos los martes y jueves antes de entrar al natatorio.
Francisco –o cisco_1983@copetel.com– le mandaba mails cortos, concretos pero que la llenaban de emoción y de ilusiones.
—¿Cuándo nos vamos a conocer? —escribía él y a ella le temblaba todo el cuerpo.
—Vamos a tomar un helado, nada más —escribía él y ella dudaba en contestar.
—Uy, nena… al final me dejaste re plantado, ¿te pasó algo? —rezongaba él.
Matías se creó un hotmail solo para responderle.
La primera vez que sintió que el corazón realmente podía romperse fue en un ciber con los latidos (del corazón roto) retumbándole en las sienes y la pantalla del monitor de 14 pulgadas titilando delante de sus ojos.
Las letras negras, en el tamaño de fuente más grande que el correo permitía, le mostraban una realidad que hubiese preferido que se quedara en la bandeja de no deseados:
“SOS GORDA Y NO TE TOCO NI CON UN PALO”.
Rodrigo tenía los ojos tristes pero nadie aseguraba que fuera porque realmente estuviera triste o simplemente porque había fumado antes de entrar al colegio.
Cuando se copió textual el examen de historia ninguno de los dos quiso mandar al frente al otro y el resultado fue: los dos a diciembre.
Rodrigo en vez de pedir disculpas, le regalo lo único que podía regalarle. Sinceridad.
—Negra, tené cuidado con mi hermano. El Víctor es malo.
Víctor se acordó que existo. La regla es clara. Víctor es como Beetlejuice: lo nombras tres veces seguidas y aparece por arte de brujo.
Su sistema se reinicia cada tres meses y se acuerda nuevamente de mí.
Pienso que soy una especie de gusano de internet que su antivirus dejó de reconocer hace años.
Leandro ocultaba una verdad que lo avergonzaba entre sus amigos. El fútbol, la birra y Los Redondos eran lo único de lo que hablaban, más algún culo que recordaban del boliche del sábado.
Cuando volvió, se sentía culpable. Moría de ganas de contarles pero se limitó a un simple: fui a visitar familia a Buenos Aires.
No era falso, pero la alegría contenida por ir a ver Soda Stereo era lo mejor del 2007. Ocultarlo a sus amigos era lo único que podía hacer teniendo en cuenta que le habían pegado a uno por puto y fan de Cerati.
Víctor se acordó que existo otra vez. Años pasaron y la historia se repite: cada tres o cuatro meses me pregunta por qué deje de contestarle los SMS, los emails, el teléfono, las señales de humo.
No puedo contestarle diciendo que solo me arruinó canciones y que todavía no puedo escuchar sola y en silencio “La hija del Fletero”.
Martín atendía una carnicería. La del padre, de la cual se tuvo que hacer cargo cuando decidió morirse. Siempre decía “el local de mi papá”, como si eso fuera lo único que le quedaba. Lo era.
El día que su hermana mayor le planteó que era el momento de vender la carnicería y que quería su parte, Martín lloró tanto que vomitó arriba del escondido que su padre le había enseñado a guardar y nunca vender porque era lo más rico de la vaca.
Vendió el local.
Nunca más comió escondido.
Víctor nunca habló de faso adelante de mí, pero por una cuestión de olfato y prejuicio supuse que fumaba. Nunca lo confirmé, ni me convidó.
Cantaba el rock más fabuloso y pumba, a los cinco minutos me escribía una carta con una letra de Néstor en Bloque.
Daba los besos más fogosos. Luego me vine a enterar que existía Ana, que estaban comprometidos y que los nuestros solo eran besos fugaces.
Desirée era su banda de rock. Se llamaba así por un tema de Guasones, ya que hacían tributo a la banda que osaba catalogarse como rock barrial.
La facha era primordial y, aunque fanfarroneaba con no ser un nene, huía de los baños de los bares porque se moría de miedo de que alguno le ofreciera merca y tener que aceptar.
Su madre no aparentaba los treinta y tres que tenía aunque él parecía más de los diecinueve que acreditaba. Ella parecía una veinteañera y él, lo mismo. Universitario, de anteojos de marcos gruesos pero con una dulzura de niño.
Ya se había naturalizado que en las salidas grupales donde todos se acusaban amigos y se despilfarraba el dinero de las fotocopias de la semana en cerveza barata, que su madre los haga entrar en el boliche y terminara emborrachándose como uno más de ellos.
En el Encuentro de la Federación Universitaria Argentina del 2010, Joaquín no sabía muy bien qué pensaba, pero el agite militante le hacía burbujear la sangre.
Mientras los grandes participaban de un plenario importante, él y unos cuantos más en el aula Magna de la Universidad de Química de Santa Fe participaban de un coloquio que se titulaba con un cartel en la puerta: “Redacción y Melodías: cantitos militantes y en qué contextos aplicarlos.”
Asqueado con una reversión de “Mariposa Tecknicolor” de Fito Páez donde se exponía la esperanzadora frase disparadora “Todas las campañas que viví, todos los plenarios donde discutí”, Joaquín se acercó con paso decidido al escenario, borró el pizarrón y escribió con letra casi infantil:
“Franja Morada, la concha de tu hermana, la concha de tu hermana oh oh oh… (repetir)
Aplicarse todo el tiempo y en todo lugar.
Fin”.
Lo echaron del plenario, a él y a todos los que fulgurosos se pararon en las butacas a corear con él.
Nunca ibas a verlo desprolijo. Resaltaba entre el grupo de amigos porque mientras todos tomaban fernet o vino que manchaba los labios de violeta, él seguro se preparaba un gin con pepino en un vaso largo tan fino que te chocaba la nariz cuando intentabas empinarlo.
—Esto puede determinar nuestra amistad: ¿Los Rolling o los Beatles? —lo dijo tan seriamente que la asustó.
Gonzalo era un tipo extremo. Tanto que el día que descubrió que ella escuchaba Callejeros estuvo sin hablarle un par de horas. Meses después descubrió que no había ido al show del 30 de diciembre de 2004 porque le faltaban 10 pesos.
Lalo era kirchnerista pero le encantaba. Nunca se supo si era un capricho o simplemente que la contrariedad de su ideología hacía que le atrajera y muriera de ganas de coger con él, como si el ser kirchnerista le diera superpoderes sexuales.
Cada vez que lo veía, quería discutir paritarias y ley de medios hasta llegar a los gritos, garchar enfurecidos por no llegar a un acuerdo y nunca más volver a hablar ni siquiera de negocios.
Su madre era alcohólica. Ni lo decía, la gente simplemente lo intuía. Sus ojos rojos, su aliento, el constante hablar incoherencias.
Él intentaba cuidarse, sin embargo, no podía evitar su Cuba Libre diario. Por dentro, pensaba que era genético.
El orden era inevitable: primero el hielo, segundo pensar que una parte de él moría, tercero el ron, cuarto sentir que el cerebro se contorsionaba, quinto el limón, sexto la acidez mental y por último, la coca. Luego, suplicar en el futón que fuera el primero y único de la noche.
(*): Sabryna Cortez es Profesora en Artes Visuales, especialista en garabatear en los márgenes de los cuadernos mientras escribe sobre gente que no está más en su vida. Adorna las anécdotas con algo de ficción y algunas escenas que solo están en su imaginación. Escribir para ella siempre fue un modo de rescatar recuerdos de la vida para que la rutina y la cotidianidad no los borre para siempre.